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La Ñusta

Está en una esquina muy transitada de los varios accesos que tiene el Parque Chacabuco. Pero si uno no lo focaliza, pasa totalmente desapercibido. Es cierto: no tiene la espectacularidad de los grandes monumentos porteños. Pero en su tamaño breve sintetiza una historia que, detrás, tiene siglos. El nombre de la pequeña estatua hecha en bronce no deja de ser una curiosidad. El artista la llamó “Ñusta (fuente incaica)”, como dice en el pedestal. Y desde el 18 de octubre de 1938 se la puede ver en Emilio Mitre y avenida Asamblea.

En la cultura del Tawantinsuyu (significa “las cuatro regiones”) del Imperio Incaico, la pureza de alma y corazón era algo de gran valor. Por eso es que en ese mundo las ñustas eran unas doncellas a las que se les daba una consideración más que especial. Se trataba de jóvenes vírgenes consagradas a Inti (el Sol), dios supremo de aquel mundo precolombino que abarcó una región andina tan vasta, a punto tal que cubría parte de los territorios que hoy integran seis países: Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y Argentina. La capital era la peruana Cusco.

¿Cuál era la representación de la ñusta? Simbolizaba la Tierra todavía sin fecundar; es decir: el tiempo de la primavera, época de la siembra. Y la ñusta estaba directamente relacionada con la Pacha Mama (Madre Tierra) ya fecundada y con otras figuras como la Mama Cocha (el mar) y la Mama Quilla (la Luna). Por eso, la elección de las ñustas formaba parte de la Inti Raymi (la Fiesta del Sol), aquel encuentro que se realizaba en junio de cada año en medio de bailes y sacrificios de animales (por lo general una llama de lana negra y una de lana blanca).

Algunos investigadores dicen que también aquellas jóvenes alguna vez formaban parte de un sacrificio. Creen que, por los restos hallados en distintas tumbas, muchas de esas vírgenes eran sacrificadas para ser enterradas junto al emperador cuando éste moría.

Lo concreto es que toda esa historia parece reflejarse en la imagen de bronce que es obra del escultor argentino Emilio Andina (28/5/1875 – 16/4/1935), un artista que estudió en la prestigiosa Academia de Bellas Artes de Brera, en Milán (fundada en 1776) y en el Instituto Real de Bellas Artes, en Roma. Toda aquella enseñanza la volcaría después en obras surgidas en su estudio de la calle Estados Unidos 3473, en Buenos Aires.

La obra que está en Parque Chacabuco fue comprada por el municipio a la señora Lina T. de Andina, tres años después de la muerte de su creador. Y fue pensada por el artista casi como una joven agazapada que está vaciando un cántaro. Pero en la expresión de su cara se grafica muy bien el gran dolor de una raza que sufrió los rigores de los conquistadores que, espada en mano, llegaron por el oro y la plata de esas tierras. Por todo eso es que la pequeña estatua merece ser observada con mayor detenimiento, no sólo por su valor artístico sino también por lo que simboliza en esta Ciudad de vida sin tiempo para detenerse y mirar.

Algo similar suele ocurrir con otra obra, también vinculada a la cultura de los pueblos originarios y que está en el Parque Los Andes, cerca del cruce de avenida Guzmán y Maure, en el barrio de Chacarita. El monumento es obra de Luis Perlotti, fue realizado en bronce en 1941 y muestra la imagen de tres hombres de las etnias calchaquí, tehuelche y ona que, de Norte a Sur, habitaron la zona cordillerana del país, en aquel tiempo precolombino. El monumento muestra a un gran jefe tehuelche sentado y, a cada lado, un hombre con una rodilla en tierra. Su título es “Monumento a Los Andes”. Una leyenda popular dice que ir a tocar la rodilla del jefe que está sentado trae suerte. Por eso es que se la ve con un pulido especial. Pero esa es otra historia.

Fuente: Clarín – 11-nov-13

 

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